Nunca imaginé que mi infancia terminaría tan pronto. Mientras otras niñas soñaban con terminar la escuela, jugar con sus amigas o pensar en su futuro, a mí me dijeron que ya tenía un esposo. Tenía miedo, pero en mi comunidad nadie parecía escuchar lo que yo sentía.
Recuerdo el día en que mi familia me reunió para darme la noticia. Me dijeron que un hombre mucho mayor había pedido mi mano y que ese matrimonio ayudaría económicamente a la familia. Yo apenas entendía lo que estaba ocurriendo. Lloré, supliqué y repetí una y otra vez que no quería casarme, pero mi opinión no fue tomada en cuenta.
Los preparativos comenzaron rápidamente. Me pusieron un vestido blanco y todos hablaban de la boda como si fuera un motivo de celebración. Yo, en cambio, sentía un enorme vacío. Mientras los invitados sonreían, por dentro solo deseaba despertar de aquella pesadilla.
El hombre con el que me obligaban a casarme tenía la edad suficiente para ser mi abuelo. Apenas cruzábamos unas pocas palabras y yo evitaba mirarlo a los ojos. Sentía que mi vida ya no me pertenecía y que todos decidían por mí.
Después de la ceremonia, todo cambió. Dejé de asistir a la escuela y pasé a ocuparme de tareas del hogar. Extrañaba los libros, a mis amigas y los juegos que antes llenaban mis días. Cada mañana despertaba preguntándome por qué una niña debía cargar con responsabilidades que nunca eligió.
Con el paso del tiempo comprendí que muchas otras menores habían pasado por situaciones similares. Algunas nunca tuvieron la oportunidad de estudiar ni de decidir sobre su propio futuro. Escuchar sus historias me hizo entender que el problema era mucho más grande que mi propia experiencia.
Años después encontré personas que me ayudaron a recuperar la esperanza. Volví a estudiar, aprendí sobre mis derechos y entendí que ninguna niña debería ser obligada a casarse contra su voluntad. Compartir mi historia se convirtió en una forma de dar voz a quienes todavía no pueden hacerlo.
Hoy miro hacia atrás con tristeza, pero también con fortaleza. Mi deseo es que ningún niño o niña tenga que vivir una situación semejante. La infancia debe ser un tiempo para aprender, crecer y soñar, no para asumir obligaciones impuestas por otros.
Reflexión: El matrimonio infantil y forzado constituye una grave vulneración de los derechos de la niñez. Garantizar el acceso a la educación, la protección y la libertad para decidir sobre el propio futuro es fundamental para que todas las niñas puedan crecer en un entorno seguro y con oportunidades.